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"Un Tema Absorbente de Ricoeur"

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11/03/2021 14:21 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Hago un repaso crítico de la obra de P. Ricoeur "Finitud y Culpabilidad", para inspeccionar el mirador político del sentimiento amororoso desde la óptica de la imaginación trascendental: es decir, desde la pasión

                                                                         “Un Tema Absorbente de Ricoeur”

Hace poco, a raíz de una experiencia amorosa, escribí una carta a un certamen de cartas de amor y desamor, pero aquella no fue sino una consecuencia de que no pude explayarme ampliamente en situación real, porque la vida siempre encuentra caminos y oportunidades de silenciar los grandes ímpetus. Pero aunque de cualquier modo, las cartas de amor para concursos siempre son baladíes, ello me brindó la oportunidad de conocer cuán difícil es escribir una carta de amor duradera, la enorme dificultad que importaba el género, y el más enorme beneficio que leer una buena, reporta al género humano. No obstante, tampoco es mi objetivo regodearme en los deleites que estas provocan en las damas; sino veo el asunto como un modo de influir en el intelecto de mi época. Y ya esto es más serio.

No teniendo la capacidad suficiente para llegar a hacer un tratado sobre el tema como lo hizo Paul Ricoeur en “Finitud y Culpabilidad”, sí pretendo, en cambio, digerir algunos conceptos que casi se le indigestan al sabio, anudar ciertos conceptos que se ven bastante aislados en su filosofía del placer, y es que me parece, que la perspectiva de adaptación al medio biológico y cultural que se supone dado como normatividad del deseo, ha prendido con tanta fuerza en nuestro medio que la mayor parte de los adultos cree—como los niños—que la vida del amor no es tan complicada, que basta entenderlo como la perfección del placer que colma la acción realizada sin obstáculos; y yo no sé cómo puede ser más loco el hombre, si creyendo eso o lanzándose a cruzar a nado el Estrecho de La Florida.

“Hablando con todo rigor--escribe Ricoeur--, la descripción del ciclo amor-deseo-placer, solo tiene aplicación al caso de la unión alimenticia. El amor sexual ya no es deseo de unión en el mismo sentido. Los requisitos y exigencias que entrañan su desarrollo, se oponen a que se reduzca el amor sexual –si no es por falta de madurez—a una simple necesidad de orgasmo, en el que el otro no desempeña el papel de participante esencial, sino mero instrumento accidental. La misma estructura biológica del instinto sexual implica necesariamente la referencia a ciertos signos externos que lo vinculan a un semejante de la misma especie.” [ “Finitud y Culpabilidad” p.94, Edit. F.C.E., México, 2004 ]

En la Cuba actual, sobre todo en La Habana, los patrones de relación interpersonal en todas las esferas de la vida social, propenden a hacer cumplir esa modalidad espuria de las relaciones íntimas entre el hombre y la mujer que se entiende como la descripción del ciclo amor-deseo-placer; por tanto, esto que podemos leer como una anomalía congénita, --como dice el Maestro francés—“domina todas las demás cuestiones”.[ Ob. Cit. p. 86 ]

Nuestra mujer no ha sabido resolver el problema del intermediario de la dialéctica afectiva, por el peso decisivo que tiene en su vida la coincidencia de lo trascendente—según ciertas determinaciones intelectuales—con lo íntimo, que proscribe del pensamiento, casi con coacción política, cualquier proposición “de restablecer la problemática de la felicidad a costa de suspender un tanto el placer”[ Ob. Cit. p 83]; pues el hecho de que el placer ponga el sello de su perfección sobre la vida corporal, más concretamente en el placer de ver, establece una conexión ideológica suigeneris con los estatutos que rigen el abuso social, ya que, la gravedad que se concede a las violaciones de carácter sexual en la economía de la mancha, que como “momento superado de la conciencia de culpabilidad” [ Ob. Cit. 142 ] reconoce que los accidentes que provocan la emoción de lo impuro exigen una disciplina, nunca fue una mácula en el sentido literal de la palabra, y solo contagia de manera simbólica, impone el deber de expresar la exclusión en las formas generalizadas de vivir las prácticas catárticas o purificatorias relacionadas con ella, como es la apoteosis de la negatividad de lo trascendente, donde está orlado de temor el rechazo a la intuición de la esencia como aprehensión de un “en sí”, y por ello obliga a no importarle al ser la apodicticidad de la esfera inmanente, que tiene que eliminar porque está sancionada por el estigma de la muerte física, y porque surge a sus ojos como algo ante lo cual el hombre no puede subsistir, respaldado como está, además, en la correspondiente mistificación del vínculo idóneo cuerpo-trabajo, que deja como un sabor peyorativo en la relación hombre-dirigente, precisamente porque en ese espacio está desterrado también la existencia del intermediario; y, por supuesto, el respeto a estas premisas de no tocar estas cosas, le permite un acceso más amplio como sujeto receptor de la actividad noética. No es que sea una regla, pero por lo menos es muy común que intelectuales muy poco agraciados como el licenciado Ernesto Limia, sea el primero que escribió en redes sociales su salutación al manotazo que le dio Alpidio Alonso Grau, Ministro de Cultura, al gestor de cambio Mauricio Mendoza, cuando casi le arrebata el celular, diciéndole expresamente “después que lo ví realizando esa acción, lo admiro más.” Créanlo o no, esa forma de destrozar el destino ontológico del deseo humano—que se opone constantemente a la avaricia del cuerpo y de la vida—es la forma más áulica de proponer un desmarque con el polo de infinitud de nuestra vida afectiva, y de que la felicidad tenga el mismo alcance de plenitud que la razón. Si Kant decía que la razón exige la adjudicación de la felicidad a la virtud—como lo afirma Ricoeur--[ Ob.Cit. p.60 ], no cabe duda entonces de que este apoyo a una ley o disposición gubernamental que condena al periodismo independiente, está encubriendo una actitud sexista que, si en primer lugar hace figurar la fuerza de trabajo del hombre entre las fuerzas que hay que someter, en segundo lugar persigue el objetivo de que esta mercancía devenida fetiche mantenga a la mujer dentro de un espacio inhumano en el cual existe la línea divisoria bien clara entre el ser y el poseer más arbitrario y escandaloso, que se vuelve, a la larga, como un boomerang contra su vida; cerrándole a ella un campo más amplio de posibilidades cognitivas de relación donde no se paraliza el dinamismo del obrar en la celebración del vivir, y ese mundo correspondiente estaría en una sociedad donde la línea divisoria se trazaría entre una posesión injusta y una posesión justa, ganada por la virtud y el mérito propio.

El día que seamos capaces de bajar de su pedestal al ícono de la petulancia victoriosa—en el amor, en la vida--, a favor de generarnos oportunidades para la sorpresa, cercenada por nuestras mismas costumbres inconscientes, descubriremos la vital importancia que tiene para el amor el rescate de toda la afectividad que hace de puente entre el vivir y el pensar, porque en esa zona intermedia se constituye un Yo distinto de los seres naturales que puede ser muy pertinentemente arropado por el gineceo, dando al traste así con el fatalismo histórico del hado español de la belleza. Ya lo decía Unamuno: “Amor sin refino es el castellano”, incapaz de intercalar la dificultad, el riesgo y el obstáculo entre el deseo y la fruición, porque concibe el placer como una actividad no obstaculizada y por consiguiente, y a través de esta premisa, se inscribe como enemigo dentro de un estadío de reciprocidad de miradas lujuriosas entre los sentimientos que gravitan en torno al poder, al poseer y al valer correspondientes a una constitución de la objetividad en un nivel distinto del de las cosas simplemente percibidas, y aquellas que ajustan esas fases afectivas sucesivas a las dimensiones correspondientes objetivas. Hay que decirlo con toda la pasión preventiva vigorosa conque lo dijo Ricoeur en su memorable libro: “El placer es una espada de dos filos, que lo mismo puede detenerse y detenernos en el plano del simple vivir, como dialectizarse de acuerdo con todos los grados de actividad humana, hasta confundirse y fundirse con la felicidad, lo cual sería entonces, el placer perfecto.”[ Finitud y Culpabilidad”, p. 82 ]

Nos preguntamos: ¿Es posible invocar desde el Amor, puede darnos él, ese punto de mira desde el cual organizar la construcción de un mundo, no ya solo políticamente sustentable, sino donde sea posible algo inmediatamente anterior a esa causa; una condición humana anterior a toda malicia, en la que, como en las antiguas hierofanías se lleve a los iniciados, mediante la práctica de algún primitivismo a una personificación del plan cosmológico que evidencie a todos la respuesta especial de Deméter al problema de la Muerte, pero donde no haga falta embriagarse para acceder a esa visión culminante.? Piénsese que en la Edad Antigua, la Agricultura y el Sexo estaban unidos indisolublemente, y que para atraer la prosperidad del grano en los campos las jóvenes hacían el amor con los mancebos sobre los campos recién sembrados. Hay en los antiguos Cantos Eleusinos a la Diosa de la Muerte, unas estrofas alusivas al fraude que usan los poderosos para engañar mujeres hermosas, cuyo ardid dentro de la cultura griega era un motivo de holocausto lúdico sexual porque pretendía “destruir la débil raza de los terrícolas, escondiendo la semilla dentro de la tierra, y acabando así con los honores de los inmortales”[ “El Camino a Eleusis: Una solución al enigma de los Misterios” p. 117, R. Gordon Wasson, y Albert Hoffmannn. Edit. F.C.E. 2da Edición 2013 ] De ese “fraude” de “esconder las semillas”, no pensamos sino ese terror virtual del símbolo del poder que se ofrece en los mitos de negación existencial en los cuales se aprecia al amor naciendo de un apego al vivir que lo niega, a él, y a la manifestación del verbo en perspectiva de la totalidad de los fines. Por tanto ese fraude representa algo así como la roca donde Deméter se ha sentado a llorar su dolor, porque ese plan cosmológico ha sido burlado por los hombres que no entienden de sacrificios personales ante la Muerte. Lo que nos permite hacer consideraciones políticas inauditas desde lo erótico, es la experiencia ctónica de la feminidad presente en la cultura antigua, “la maternidad como concepción desde la muerte, y el antiguo poder religioso de la mujer a través de su acuerdo sobrecogedor con las terribles fuentes metafísicas de la vida”—como dicen los autores del libro “El Camino a Eleusis”. [ Ob. Cit. p. 165 ] Desde esa visión se concibe mejor la constitución de un poder sin abuso de fuerza, pues desde ahí se puede referir el hombre mejor a la afectividad correlativa de la objetividad política que se basa en la reciprocidad de la estima humana y que no se explica por ninguna forma de querer vivir, como dice Ricoeur [Ob. Cit. p.104 ], toda vez que su punto especial de mira nos presenta la distinción entre las modalidades alienadas del yo, y su esencia originaria que mantiene en su constitución una independencia de lo económico y de lo político, pues el hombre responde de sí ante sí mismo, del abismo que abre entre la posibilidad y la realidad porque ninguna normatividad externa lo puede preservar cuando “la imaginación de que yo sea otro se destaca sobre el fondo de la presencia irrefutable de este cuerpo y de esta vida”[ Ob. Cit. p. 116 ] Es muy asertivo y comprobativo el pensador francés en toda esa parte de su ensayo en que se dedica a demostrar que el hombre cuando pertenece todavía al bíos y no al epos, es un fracaso tanto para la política como para el amor, porque en ambas actitudes no se supera a sí mismo en esa búsqueda ardiente del reconocimiento de los demás, pues a su parca naturaleza le resulta complicado encajar esa exigencia de estima entre lo vital y lo espiritual. Oigamos a Ricoeur: “El hombre al descansar su reputación sobre el reconocimiento ajeno, se encuentra conque la estima que la consagra, no pasa de ser una opinión;---es decir—que esa posibilidad de no ser más que una frase en boca de un tercero, esa dependencia de la frágil opinión es la que da precisamente ocasión a las pasiones de la gloria que articulan su vanidad sobre la fragilidad de la estima-opinión. Este carácter opinativo de la estima mantiene el que se busque el reconocimiento en la zona intermedia de la afectividad, por encima de la voluntad de vivir, y hasta por encima de los sentimientos suscitados en torno al poseer y al poder” [ P. R., Ob. Cit. p. 104 ]

Hay que restablecer la problemática de la felicidad a costa de suspender un tanto el placer

Si el placer no jugara a sus anchas con la posibilidad de una patología de la estima, tampoco habría posibilidad de vincular la pasión, o el acompañamiento en el delirio pasional de la mujer al hombre como protagonista de la afirmación originaria, a un estado subversivo de la política, entendida como lugar de las perversiones morales del sentimiento de la estima propia. “Yo busqué un primer indicio de esta fragilidad afectiva—nos dijo Paul Ricoeur—en la diferenciación entre el placer y la felicidad, que terminan y coronan el deseo vital y el deseo intelectual, que se desdoblan en dos estilos diferentes de realización”. [ Ob.Cit. p. 106 ] Y nos ilustra más de esta forma: “En ese complejo juego tan dispar de lo vital y de lo humano es donde se encuentra toda la riqueza de la sexualidad. De ahí se deduce que la satisfacción sexual no puede reducirse al simple placer físico: a través del placer, por encima del placer, y a veces por el sacrificio del placer, el ser humano busca satisfacer otras exigencias que vienen a recargar el instinto.” [ Ob. Cit. p. 108 ] Siguiendo este patrón se conoce el buen dirigente político, cuya acción no está enemistada, en ningún punto, con eso que en filosofía llamamos el “momento trascendental de la afirmación originaria”, que es absolutamente necesario para transportar el poder de existir desde la tonalidad del vivir a la del pensar.

Esta afirmación originaria, [o poder de afirmación que nos constituye]--nos orienta el Maestro francés—“al principio no es más que la vehemencia del “Sí”, que tiene como correlato el “es”, sobresignificado por el verbo, y es el momento trascendental de la afirmación originaria”[ Ob. Cit. p. 116 ], si bien puede ser parte de la ternura que inspire un amor y que despierta un deseo genital de compartir todo lo anexo a él intelectual y sexualmente, también puede llegar a ser parte de un proyecto de totalidad social porque como dice Ricoeur, “solo un objeto capaz de simbolizar la totalidad de la felicidad puede extraer tantas energías para elevar al hombre por encima de sus capacidades ordinarias e infundirle valor para vivirlo todo en condiciones extraordinarias.” [ Ob. Cit. p.110 ]

Si el amor excedido de sus posibilidades físicas, acusa un “todo” que no tiene sentido para la vida, hace saltar de alegría al espíritu con sueños que no pueden suceder en condiciones de vida anormales pero que sin embargo, con su promesa de amar más allá del “sí”, obran portentos en corazones ultrajados por la estulticia de la forma más munífica de la naturaleza. Esperemos que un futuro más propicio a las necesidades del hombre, encuentre a éste en posesión de suficientes condiciones socioculturales para poder barrer las respuestas farisaicas tanto de los problemas de convivencia política, como de supervivencia amorosa, con los que se engatusan toda mediocridad.

Como solo en el ambiente onírico de las realizaciones novelísticas es que nuestro espíritu, por ahora, puede disfrutar de esos deleites inherentes a su libertad, los exhortamos a sumergirnos en las páginas alucinantes de la novela “La Musa Trágica” de Henry James, que parece que fue escrita para ejemplificar la simbolización afectiva de la felicidad, de donde saca la pasión toda su fuerza organizadora, toda su potencia de entrega y todo su abandono, que tanto se esforzó en explicar académicamente Paul Ricoeur; porque el novelista inglés, aunque escribió en el siglo XIX, demuestra en ella, como el genial francés, “que ese abandono y esa inquietud indefinida, son anteriores al malo infinito de la locura pasional, aunque estén unidos en un grado de profundidad que presupone esa locura”[ P. R. Ob.Cit. p. 112 ], pues el apasionado que es el personaje de James, Gabriel Nash, “ese caballero tan sumamente importante”, y que siempre está “donde haya algo que sentir”, se juega también su capacidad de dicha sobre los objetos en que forja su yo, y propone como máxima de su vida “multiplicar los momentos felices de su conciencia para rescatar cuanto sea posible del abismo negro”. Este personaje nos asombró muchísimo porque ejemplifica la entrega total, inquieta del apasionado, el ser que quiere el todo y lo esquematiza en los objetos del deseo humano, olvidando el carácter simbólico que une la felicidad con un tema del deseo, olvido—que como dice Ricoeur—“convierte al símbolo en ídolo, y la vida apasionada se transforma en existencia pasional”.[ P. R. Ob.Cit. p 112 ] ; y sobre todo cuando le indicaba a su amigo Nick Dormer—una lumbrera de menor cuantía—por qué debemos exacerbar en nosotros la facultad de apreciación: “Debemos poner a punto ese sentido especial. Es capaz de un desarrollo extraordinario. La vida no es demasiado larga para ello”. La respuesta esperada del otro fue:

--¿Pero dónde está la ventaja del desarrollo extraordinario, si no se traduce en hechos de tipo positivo. Dónde están las consecuencias provechosas?—preguntó Dormer

--En el propio espíritu de uno. Uno es la consecuencia provechosa de sí mismo.. Yo soy una consecuencia provechosa…..Déjame añadir—le dice más adelante—que nadie empieza siquiera a discernir un destello de lo que es el arte de la vida hasta que deja de importarle lo mas ínfimo lo que puedan llamarlo a uno. Es un principio elemental.”

Raúl Morín Suárez, 3 de Marzo 2021, 11:00 AM. Después de salir de la Covid-19                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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