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¿Y si aprovechamos que no somos nadie?

Si el Imperial pudiera presumir de algo, sería de ser el bar más humilde del barrio más pobre de la ciudad más fea. Lo mejor que se puede decir de la fauna que puebla el antro es que no desentona: un propietario ambicioso, pero sin cabeza; un inquilino con sueños, pero que perdió su nombre; un camarero con demasiados nombres, pero ningún pasado; y una clientela a la que, por edad, tampoco le debe de quedar mucho futuro. Esta insípida rutina saltará por los aires cuando descubran que es precisamente el carácter anodino de los parroquianos el que les confiere el poder de la invisibilidad. Amparados en el anonimato de lo cotidiano podrán hacer lo que siempre han querido: dedicarse a la delincuencia... y disfrutarla como locos.

Datos técnicos

Editorial: Rubric (2020)

Nº de páginas: 260

Formato: Tapa blanda

ISBN: 978-84-122685-5-3

Sobre el autor: Jon Cabrera

Impresiones

Le llegó el turno a este libro que miraba de reojo de vez en cuando. Su portada, en su sencillez, me llamaba poderosamente la atención; una acuarela, el rostro de un personaje y semicírculo purpúreo ¿sangre?

No tengo el gusto de conocer a Jon Cabrera (Barakaldo 1972) ni he tenido la oportunidad de leer algún otro de sus títulos (Vicrila, Talento natural, etc.) Todo se andará. No es la primera novela que me llega con el sello editorial Rubric impreso. No era el primer libro de la lista natural de lecturas, pero dejémonos de negaciones...

Fantasmas en la trinchera es un buen libro. Me atrevería a decir que, en muchos aspectos, es academicista. Desconozco si Cabrera ha recibido cursos de creación literaria, pero es un maestro a la hora de usar la enumeración como elemento narrativo, técnica eficaz y original, que él asigna a Adrián, un misterioso personaje al que desea mantener en el anonimato desdibujando su pasado hasta que las circunstancias le obligan a ir descorriendo la cortina que sabiamente ha cernido sobre él. Prófugo del pasado y, quién sabe, si de la justicia, llega a Villa, y en concreto al barrio de La Iglesia, en donde consigue trabajo como camarero en un bar desangelado en el que se reúnen por costumbre peculiares personajes con los que llegará a establecer una relación en la que se basa parte de la trama de la novela.

El libro se lee con rapidez, pues el lector siente avidez por desvelar el modo en el que se va a conducir cada personaje, una banda de ancianos y un par de jóvenes sin más futuro que el de terminar sus días entre las cuatro paredes de un establecimiento condenado al ostracismo en un barrio con sus mismas características en el que manda el capo de turno, Martín, ditero, prestamista y hasta estraperlista que, más que mafioso temible consigue camuflarse entre la inmundicia que queda implícita en las descripciones y explícita solo de vez en cuando.

Buen uso del idioma el de Cabrera, que dosifica o derrama a su antojo según las distintas situaciones que va planteando; ninguna de ellas es lo suficientemente extraordinaria como para que nos tapemos la boca, los ojos o la cara. Se trata de escenas rutinarias, y en ello reside la principal fortaleza del texto: convertir lo común en interesante, la rutina en fuente de excitación.

Bien podemos identificarnos con Miguel, un anciano que vive sus últimos días de vida sabiendo de antemano que, efectivamente lo serán, y desea disfrutar de cada segundo y de su nieta para. Quién sabe cuándo, descansar. Manu es un inmigrante que se da de bruces con la realidad: la inmigración es un juego muy real lleno de trampas; veremos si consigue sortear cada una de las que se encuentre. Andrés parece vivir en un mundo suspendido en el tiempo en el que la II República aún vive, no se sabe si entre las llamas o en sus rescoldos. Julio, piensa, luego existe. Es quizás por ello por lo que nos sorprenda en algún momento. Héctor no habla, y cuando lo hace es para sorprendernos. Durruti... Durruti es un perro, ya lo conoceremos.

Debo reconocer que estoy descubriendo a muchos y buenos autores que, sin embargo, no se asoman a los escaparates de las librerías que frecuento, lo que me hace reafirmarme en la creencia de que son ellos los que necesitan nuestra ayuda, sencillamente darlos a conocer con nuestros humildes medios y así crear un foro de debate en el que cada uno emita su veredicto. El mío, para Fantasmas en la trinchera es de inocente. Por tanto, le concedo la libertad para ser leído por todos aquellos que confíen en mi juicio y quieran beber literatura de verdad.

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Reseñado por Francisco Javier Torres Gómez

Si quieres hacerte con un ejemplar lo puedes hacer desde el siguiente enlace: Fantasmas en la trinchera

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