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23/07/2015

image* Crítica de 'Perdición' ('Double indemnity'; U.S.A., 1944), de Billy Wilder, con Barbara Stanwyck, Fred McMurray y Edward G. Robinson.-Billy Wilder ha pasado a la historia del cine, y con todo merecimiento, como uno de los reyes indiscutidos de ese género tan complicadísimo que es la comedia: con cartas credenciales del calibre de Con faldas y a lo loco; El apartamento; Uno, dos, tres; o En bandeja de plata, habremos de convenir en que el título no le viene, en absoluto, grande. El problema que origina es que, probablemente, nos hace olvidar, en más de una ocasión, que, además de comedias, el maestro Wilder puso en celuloide otro tipo de historias que también alcanzaron el rango de auténticas obras maestras: una de ellas es, sin ningún género de dudas, Perdición, uno de los ejemplares más señeros del cine negro, y un film llamado a perdurar en nuestra memoria como un auténtico referente cuando a tal género se hace alusión.

En Perdición nos enfrentamos a un auténtico tratado práctico de film-noir, sin la más mínima concesión a cualquier floritura, ya sea temática o estilística, que se aparte en algún punto de los cánones del género: hay una historia de ambición, engaño, amor y muerte ?cuatro puntales de las pasiones humanas, sin cualquiera de los cuales es difícil concebir un film negro que se precie de tal- y la misma se desarrolla en un marco espacio-ambiental y con una encarnadura personal totalmente fieles a las pautas que cabe esperar a partir de tales referentes. Partiendo de ahí, Wilder efectúa un pulcro trabajo de puesta en imágenes, sin excesivos alardes visuales, pero con una corrección exquisita, de un guión que es una verdadera pieza de relojería, perfectamente estructurado, y magistral en tanto conjuga la solidez de la historia narrada con la ligereza e ingenio de sus diálogos.

Configurada como un flash-back completo ?es decir, desde el arranque de la película hasta su final, con dos secuencias de arranque y cierre, previa y posterior, respectivamente, al núcleo central-, la historia que nos cuenta Walter Neff, un agente de seguros competente y desenvuelto, sólidamente instalado en su deslumbrante medianía (soltero, edad media, atractivo, un pelín fanfarrón y con un desempeño profesional eficiente y reconocido por su entorno), es la del ambicioso contra su voluntad, llevado al despeñadero por su incapacidad para sobreponerse y zafarse del nefasto influjo de una auténtica mantis religiosa, que atiende al nombre de Phillys Dietrichson: prototipo de femme fatale, fría, calculadora y con un magnetismo que va más allá de cualquier aprehensión racional de su fundamento, la rubia Phillys va a servirse de Neff ?al que no le hace falta ser una lumbrera intelectual para percatarse de cuán ineludiblemente está cavando su propia fosa a medida que se presta a convertirse en arma ejecutora de las aviesas intenciones de su némesis- para intentar alcanzar sus objetivos (perfectamente acordes, por otro lado, con lo que de su perfil cabe esperar: eliminar a su abominable marido y llevárselo calentito, para su solaz y disfrute en tierras y compañías más placenteras).

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El proceso por el que Phillys conduce a Walter, perfectamente reflejado en el desarrollo de la trama, es tan implacable como certero: captación (aparentemente ingenua), embelesamiento (fuera de toda razón), inducción a la planificación y ejecución del crimen necesario (en principio, con toda brillantez y sin ningún margen de error), y final eliminación (una vez cumplido el objetivo, Neff no constituye más que un estorbo al que hay que abandonar en la cuneta). Y a su despliegue asistimos con el estupor que causa siempre la precisión y la ineludibilidad en este tipo de procesos: Wilder sabe recoger, en ese sentido, no sólo la atmósfera, sino también la concisión y agudeza con que se desarrolla el relato de James M. Cain en que se basa el guión ?que, por otra parte, no se aparta, en lo sustancial de las líneas básicas del texto literario de referencia (salvo en el papel que juega el personaje de Lola, la hija de los Dietrichson)-, un relato de frases cortantes como filo de navaja y trufado de apuntes de un humor sardónico y amargo muy en línea con el que tanto derramó Wilder en algunas de sus comedias más celebradas, y a las que arriba se hacía alusión.

Una película morbosa y turbulenta como ésta requería de un trabajo interpretativo imbuido claramente de esos elementos: cuenta la leyenda que fueron numerosas las megaestrellas hollywoodienses que, requeridas por la Paramount para uno de los papeles protagónicos del film, huyeron del mismo como de la peste, temerosas de que sus carreras se vieran marcadas negativamente por el sesgo tan siniestro de su personaje, con lo cual la elección de los que finalmente se constituyeron en pareja protagonista ?Fred McMurray y Barbara Stanwyck- terminó resultando más fruto del azar que de la voluntad del estudio. En cualquier caso, si hay ocasiones en que el azar juega sus cartas con mayor fortuna de la que esgrimiría el más astuto de los tahúres, ésta es una de ellas. McMurray (un hombre que debía su no muy elevado prestigio más a su planta física que a su talento interpretativo) y, sobre todo, la Stanwyck (ésta sí, todo un prodigio de actriz) cuajan dos trabajos de excelente nivel, y a ellos cabe atribuir también, en buena parte, el que la película terminara resultando un producto tan enormemente logrado, hasta el punto de que resulta complicado plantearse si otros intérpretes hubieran logrado transmitir el mismo grado de torridez y fatalismo a la historia. Si a ello le añadimos el excelente complemento que les prestan dos secundarios a un gran nivel ?y, en este caso, se invierten los papeles: es el masculino el que brilla mucho más que el femenino-, como son un grandioso Edward G. Robinson (su simbiosis con ese meticuloso y un tanto arrogante Barton Keyes es verdaderamente prodigiosa) y una muy eficiente Jean Heather (su personaje de Lola Dietrichson, aun sin tanto peso como en la novela de base, no deja de tener una entidad a la que ella presta encarnadura con toda corrección), ya podemos convenir que, en materia interpretativa, también la cinta brilla a gran nivel.

Disfrutar del visionado de Perdición, además de un ejercicio cinéfilo de primerísima magnitud, ofrece también la posibilidad de bucear por algunas de las grutas más temibles de esa mar océana con que solemos confundir (o, al menos, nos suele gustar hacerlo) el alma de los humanos: el amor como motor ciego de las pasiones más abyectas; la ambición como la ponzoña capaz de echar a perder el trago más delicioso. Por eso habrá que agradecérsela siempre a James M. Cain y a Billy Wilder; y por lo bien que lo cuentan, por supuesto...

CALIFICACIÓN: 9 / 10.-

* En la imagen; Barbara Stanwyck, en una secuencia de la película.- Fotografía proveniente del fondo de Wikimedia Commons.-

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