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01/02/2016

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(Este es un pequeño texto que publiqué en mi blog personal el pasado Octubre, y llevaba tiempo pensando que podría encajar también aquí. Si ya lo habéis leído podéis ignorarlo sin problemas.)

Se llama No 6 (Violet, Green and Red), lo pintó Mark Rothko en 1951 y en Agosto de 2014 se vendió por 186 millones de dólares, convirtiéndose en uno de los tres cuadros más caros de la Historia. No es la primera obra de Rothko que consigue precios exorbitados (N 1 (Royal Red and Blue) se vendió en 2012 por setenta y cinco millones), pero No 6 supera ampliamente al precio de algunas de las más conocidas obras de Van Gogh, Picasso y Monét. Cuando salió en las noticias, los presentadores no hablaron de la calidad de la pintura o de la atribulada vida de su autor, quien acabó suicidándose, sino que mostraron a los millonarios como personas lo bastante alejadas de la realidad como para invertir una cantidad de dinero impensable en algo que no tiene mucho sentido. Un recordatorio más de que la riqueza vuelve idiota a la gente.

Y razón no les falta. Si bien el expresionismo consiste en potenciar más las sensaciones del autor que la propia realidad, lo que nos lleva al arte abstracto, lo que vemos en No 6 es la nada más absoluta. Estoy seguro de que cualquier estudioso del autor podría hablarnos mucho de esos colores "tan comerciales" que según Sotheby's han convertido a Rothko en una celebridad, pero sólo parecen un par de cuadrados de colores que podrían haber sido pintados por cualquiera. Y eso ha hecho pensar a muchos que el arte es algo que puede hacerse en dos minutos de forma aleatoria, lo que vamos a llamar "El síndrome Picasso".

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Vincent Van Gogh ha logrado convertirse en uno de los pintores más queridos incluso por aquellos que jamás han pisado un museo. De enfermo mental que sólo vendió un cuadro en su vida, ha pasado a ser el artista más imitado y admirado en todo el mundo gracias s sus girasoles, comedores de patatas, paisajes estrellados o esqueletos que fuman cigarrillos, en una muestra de su amplia imaginación y tal vez, de su compleja personalidad. No se parecen (ni esperamos que lo hagan) a lo que le inspiró, sino que se basan en lo que él sintió en su momento. Sin embargo, incluso a pesar de que Van Gogh se automutilaba, padecía ataques epilépticos y llegó a intoxicarse al comerse la pintura de sus propios cuadros, parecía ser capaz de representar el reflejo de las farolas sobre el agua de una bahía a la perfección y encontrar una forma de que su técnica representara la realidad sin abandonarla. Algunos incluso le llaman el precursor de Instagram, porque retrataba objetos simples como su habitación, sus viejos zapatos o incluso las vistas desde su habitación en un sanatorio mental.

Quizá porque es tan famoso, al ver un cuadro de Van Gogh también le vemos a él como persona, mientras que Rothko o centenares de pintores que se exponen en el National Gallery o el Louvre no nos dicen nada sobre quiénes estuvieron frente al lienzo. Pero también es cierto que No 6 no parece tener una finalidad. Ni siquiera en la mezcla de colores o en su título.

El arte abstracto siempre ha sido muy polémico porque en él todo se deja a la interpretación del público, que en ocasiones sólo asiente con la cabeza, se lleva las manos a la espalda (posición obligatoria cada vez que entras en un museo) y lo contempla durante un rato antes de pasar al siguiente. Y eso nos lleva a momentos tan cómicos como Torbellino de amor, aquel cuadro falso colgado en el Guggenheim y que demuestra que mucha gente tal vez no se atreve a decir lo que piensa, entrando en un juego silencioso en el que fingimos que comprendemos lo que tenemos delante por miedo a parecer unos incultos. En muchos casos ni siquiera vemos una técnica o algo que pueda estar bien o mal hecho. Parece que el arte, simplemente, es.

Llevo años buscando un documental en el que un supuesto artista estadounidense viajaba a bordo de una limusina vestido como una mezcla entre Jesucristo y Elvis Presley. Allí explicaba al entrevistador cómo todo podía ser arte sosteniendo una pegatina en la que podíamos leer Zona libre de Jesús (algo así como Prohibido aparcar). Aseguraba que aquello simplemente era un adorno, pero que si en aquel momento lo arrojaba desde la ventanilla y rompía un cristal o causaba daños, se convertiría en algo más. Parece que lo decía porque sería una forma de mandar un mensaje sobre la ausencia de Dios de una forma muy directa, o tal vez porque hubiese fumado demasiado Bunga Bunga Nepalí, pero ayudaba a mostrar cómo el arte no podía ser medido de una forma habitual.

Incluso leí una vez que todo lo relacionado con nosotros era arte. La forma en la que te vestías, la forma en la que pensabas, hablabas o reías, e incluso el modo en el que tenías sexo. Y eso viene muy de la mano con la tendencia en el mundo Facebook a considerarnos a nosotros mismos como centros del universo en un medio que debería darnos mayor sensación de comunidad e interacción con otros seres vivos. El mensaje que se envía a mucha gente es que no hay reglas y cualquiera puede ser un gran artista. Sin ir más lejos, Picasso pintaba mujeres con tres cabezas, ojos asimétricos, personas hechas con cubos y muchas tetas por todas partes. No parecía haber ningún tipo de coherencia y algunos incluso podrían pensar que lo que hacía era amontonar líneas y brochazos esperando que significaran algo, pero no.

Hay muchas historias acerca de la famosa servilleta de Picasso, las cuales no tienen por qué ser ciertas. La más conocida cuenta que el pintor estaba con unos amigos en París y que a la hora de pagar hizo un dibujo en la servilleta. Cuando la camarera le preguntó si podía firmárselo, él dijo que simplemente tenía pensado pagar la comida, no comprar el restaurante. Otras versiones, o incluso puede que otras servilletas diferentes, cuentan cómo alguien le pidió que le dibujara un ojo en una de ellas y él se ofreció a vendérsela por veinticinco mil dólares. Cuando el comprador le dijo que solamente había tardado un minuto en hacer el dibujo, él contestó que en realidad había necesitado cuarenta años, los mismos que había tardado su nombre en significar algo. Pero mi favorita, y que tampoco puedo saber es si es real, es la que tuvo lugar cuando comía con el director del MoMa de Nueva York. Mientras el director le decía que su obra no era lo bastante buena para ser expuesta allí, Picasso realizaba un retrato perfecto y realista de la persona que tenía ante él.

Picasso sabía lo que hacía. Podía dibujar triángulos en lugar de cabezas porque comprendía que sólo se necesitaban unas líneas básicas para representar un ser humano, y a eso llegó sólo tras décadas de ser un pintor realmente bueno. Porque con catorce años el malagueño ya hacía retratos que dejarían por los suelos a cualquiera que lo intentase hoy. Su cambio hacia el cubismo se justifica entonces como una forma de buscar formas más complejas y refinadas de arte, no en pintar formas geométricas y darles un significado profundo.

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Sin embargo Picasso es famoso por sus cuadros abstractos y muchos creen que en escupir sobre el lienzo está la clave. De ahí que cada vez existan más exposiciones absurdas y sin ningún tipo de sentido que se llevan cantidades ingentes de dinero por algo que no tiene ningún valor, ni material ni artístico. Es el caso del cuadro que podéis ver aquí, fue pintado por Pete Doherty llegando incluso a utilizar la sangre de su amiga Amy Winehouse, y que fue vendido por treinta y cinco mil Libras. No es el caso del único famoso que se acerca a los pinceles, como este cuadro tan extraño pintado por Sylvester Stallone.

Pero en ocasiones, el arte llega aún más lejos. Es el caso de la exposición de Tracy Emin titulada Mi cama y que consistía en la cama de la artista. Lo particular era que contaba con las sábanas sucias y revueltas, rastros de fluidos corporales, ropa interior manchada de sangre, botellas de alcohol vacías, paquetes de tabaco y hasta varios condones. Pretendía representar el estado de ánimo de la creadora tras superar una depresión en la que no se movió de su dormitorio tras sufrir una ruptura amorosa, pero todo se convirtió en mucho más extraño cuando dos hombres chinos llegaron al museo, se desnudaron y empezaron a pelearse con las almohadas durante quince minutos. El público de la exposición, incluyendo los guardias de seguridad, empezaron a aplaudir porque pensaban que aquello tenía que ser parte de la obra, y no dos degenerados cuyo plan inicial era desnudarse por completo y follar a cuatro patas delante de los asistentes. La cama se vendió por ciento cincuenta mil Libras y ahora alguien la tiene en una habitación en su cada dedicada exclusivamente a ella.

La cama del desengaño no es la única obra de ese tipo, y es muy conocida la historia de una limpiadora del Tate Britain que tiró en la basura un cubo lleno de cartones y periódicos viejos que resultó ser parte de una obra titulada "Nueva creación de la primera presentación pública de un arte autodestructivo". O esa otra escultura compuesta por un cenicero con colillas viejas de Damien Hirst y que también tuvo un destino similar. O esa otra exposición que tuvo que colgar un cartel en el extintor de incendios aclarando que era un objeto que no formaba parte de la exhibición. Pero sin duda la peor y más abominable obra de "arte" la protagonizó Guillermo Vargas, conocido como Habacuc y que en 2007 tuvo la genial idea de atar a un perro a una cuerda y dejarlo morir de hambre frente al público. Mientras muchos le acusaron de fomentar el maltrato animal, él asegura que ninguno intentó liberar al perro. No se sabe en realidad qué fue del protagonista de la obra e incluso es posible que en realidad, el perro fuese alimentado regularmente y sólo permaneciese atado tres horas antes de escapar o llevárselo de allí. Lo interesante en teoría sería ver hasta qué punto podía estirarse el aguante del espectador. Claro que luego ves que Habacuc vino a España con "camisETA" escrito en el pecho, que mezcló el sudor de una prostituta en la cena que dio a servir a sus invitados sin decírselo y que otra de sus obras consistía en él fumando crack y marihuana mientras sonaba el himno sandinista al revés, y pasas de comprenderle.

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En un escenario tan extraño, el que se lleva el premio a la creatividad sin duda es Piero Manzoni, quien en 1960 estaba tan harto de la situación en el mundo del arte que decidió lanzar su crítica más acida en forma de su obra más famosa: Mierda de artista. Así, llenó noventa latas de conserva con sus propios excrementos, los etiquetó como productos de primera calidad y los vendió al peso del oro, convirtiéndose en un bien muy codiciado y una clara representación de que en los museos en ocasiones se guardan cosas muy extrañas. Las últimas se han vendido hace poco por ciento veinticuatro mil euros cada una.

Pero analicemos la obra de Manzoni. Pensemos en lo escatológico de su invento, que aseguraba que cualquier cosa (como la firma de Picasso) podría alcanzar un precio absurdo, y luego recordemos cómo un camarero recogió de la basura de su restaurante un sándwich dejado a medias por Britney Spears y que vendió en internet por quinientos dólares, y entenderemos que quizá a pesar de todo, sabía lo que hacía. Sobre todo porque nadie llegó a creer que realmente hubiese llenado las latas con lo que él afirmaba. O sí. Pero para comprobarlo tenías que abrirla y entonces la obra dejaba de tener valor.

Actualmente, con diez euros en botes de pintura y una tela blanca, ya puedes creerte un artista. O tal vez estudiando en una universidad donde el mejor consejo que recibió una chica que conozco de su profesor fue que tenía "que follarse al cuadro". Espero por su bien que hablase metafóricamente. Y no es un sentimiento que se quede solamente en aquellos que llevan mucho tiempo trabajando o dedicándose a eso. Puedes verlo en todos los que tras comprarse una Nikon lo primero que aprenden es a poner marcas de agua en sus fotos por miedo a que se las roben, los que escriben un cuento de tres páginas y se llaman a sí mismo escritores, y los que sacan sus propias canciones sin tener idea de en qué consiste la escala musical. Impresionados por la idea del todo vale y de que el verdadero arte está a la vuelta de la esquina, el problema para los próximos años no será destacar en el campo, sino la saturación de personas que creen que realmente pueden aportar algo al panorama. Incluso Amazon permite que cualquiera publique de forma gratuita sus novelas, lo que ha llevado a miles de libros con mala calidad escritos por personas que no saben lo que es un segundo borrador o no conocen la ortografía más básica. O que, incluso como he visto, publican relatos que ni siquiera han llegado a terminar esperando que el dinero recibido por las ventas les anime a hacerlo. Con Twitter, Youtube y la democratización de los medios es posible que podamos descubrir a auténticos talentos del cine, la pintura, la escultura o cualquier otro campo que se os ocurra, pero también estamos destinados a tragarnos mucha morralla sin sentido por personas que se convencieron de que se puede vender cualquier cosa que esté pintada o firmada. Y al final, quien mejor resumió qué es ser un artista fue una película de Pixar en la que comentaban no que cualquiera pudiese ser un artista, sino que éste podía provenir de cualquier parte. Lo que no dijeron es que para romper las reglas primero tenías que conocerlas.

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