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24/10/2011

Desde que inicié mis estudios en la universidad española hasta el día de hoy no he dejado de acumular datos, noticias y experiencias poco halagüeñas para el que desee una sociedad formada y plenamente educada. Hace una semana, el diario El Mundo publicaba que un conjunto de expertos internacionales recomendaban a los dirigentes políticos españoles que hicieran una reforma profunda del ámbito universitario, si no querían ver peligrar aún más su economía en el futuro. Entre las sugerencias, se encontraba la de aumentar los lazos entre las universidades, de forma que haya más movilidad entre las mismas, y más trabajos conjuntos, para aumentar así las sinergias.

Lo cierto es que no me extraña en absoluto lo que estos expertos internacionales piden para España. Antes de entrar en la carrera, curse el bachillerato en un instituto en el que el 100% de los que se presentaban a selectividad en junio la aprobaban. Había grandes profesores, que, lejos de incentivar el empollaje (estudiar algo de memoria el día antes, sin digerirlo, para vomitarlo en el examen) favorecían la reflexión y la introspección, acercando a los alumnos al conocimiento.

Yo, lógicamente, pensé, me hice una idea, de que la universidad sería algo más compleja, dificultosa, laboriosa que el bachillerato. Me imaginaba que en la universidad ya iba a aprender cosas de verdad, donde iba a haber mayor competencia por las buenas notas, mayor nivel de profesorado. También llegué a pensar -inocente de mí- que, aquellos que no alcanzase en el nivel exigido por los requerimientos del título al que se aspira, no iban a superar el desafío. Eso de hacer varias recuperaciones, cada vez más fácil, al mismo alumno hasta que por fin conseguía aprobar la asignatura creía que ya se acababa en un ámbito tan cercano al profesional. En definitiva, creía que la universidad iba a ser algo serio.

Sin embargo, me llevé un chasco. Empecé a percatarme de que no hacía falta estudiar tanto para conseguir buenas notas y que, si realmente quería aprender, mi sitio no era la universidad: podrían ser los libros. Llegaban a mis oídos frases como la siguiente: ‘Pues yo no he hecho ni el huevo, y sólo me han quedado dos’. No conozco como era la universidad antes del nuevo Plan Bolonia, que reduce un año la carrera y sus horas teóricas, al mismo tiempo que obliga al alumnado a asistir a clase para poder aprobar, pero sí sé que el nuevo Plan es insoportable. Jóvenes que sólo quieren pasar el examen y no aprender antes podían obtener los apuntes, no ir a clase, estudiar la semana antes y más o menos conseguirlo; ahora, se ven aherrojados en el aula, tal como en la ESO, intentando pasar el tiempo, enviando mensajes, dando toques con el móvil al compañero de más allá, etc. Ni ellos quieres estar allí, ni el profesor quiere que estén.

La primera semana me apunté a un ciclo de conferencias interesantes. Asistí a la primera y quedé sorprendido. El ponente se dedicó a resumir las consignas de la extrema izquierda, sin siquiera contrastar sus afirmaciones. El ponente llegó a afirmar que el libre mercado conduce al totalitarismo, e incluso recomendó el libro ‘Holocausto y modernidad’. Yo, acostumbrado a la objetividad de mis anteriores profesores, no sabía cómo encajar aquello: un mitin político en una universidad de económicas. Pensé que sería algo pasajero, un ponente más. Con el tiempo me di cuenta que, al menos mi propia facultad, sigue una tendencia política. Profesores que espetan: ‘Para aprobar la facultad hay que leerse el siguiente libro (‘Algo va mal’)’ De nuevo, recomiendan lecturas de panfletos políticos en una clase de Ciencias Económicas. Asimismo, observé que abundan periódicos gratuitos de una determinada tendencia.

Pero lo que ya me dejó patidifuso fue la existencia de nepotismo en una universidad pública. El decano ha colocado como docentes a dos familiares suyas (ambas hermanas entre sí), que han recibido numerosas protestas entre los estudiantes, por su apatía profesional y aún siguen en el mismo puesto (aunque cambiadas de carrera).

Anteriormente la universidad era un centro de excelencia, donde no se podía acceder tan fácilmente, donde los titulados tenían puestos de trabajo asegurados. Ahora, se ha convertido en un coladero, pues es vox populi el nivel tan reducido que se exigen en las pruebas de selectividad. Actualmente se puede obtener una puntuación de cero a catorce, donde el aprobado es cuatro y medio y donde la mayoría de las notas de corte rondan el cinco. Es decir, ya no se entra con la mitad de los puntos, sino con menos. Y no es sólo cuestión de cantidad, la calidad también se ha menoscabado, todo docente cercano a estos temas sabe que en la selectividad se ha bajado el listón. De ahí que la universidad esté perdiendo tanto prestigio, y lo esté ganando el posgrado. A las empresas les interesa hoy día más el máster (aunque sea de un año) que la carrera. Si una institución no satisface una necesidad, aflora otra que sí lo hace.

Creo que la atmósfera de la no exigencia, de la facilidad, de la falta de esfuerzo es lo más pernicioso que puede haber para la enseñanza. Pues, como sabe todo deportista, se progresa mediante agujetas, cansancio y duras pruebas. El reducir el nivel para exonerar a los alumnos no es más una medida de maquillaje, que lo que provoca es justo lo contrario de lo que persigue: que la universidad valga menos y que la educación se desprestigie.

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