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"La Invisibilidad Gestionaria"

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17/01/2021 10:41 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Atraves de este trabajo intento establecer la relación que hay entre el fetichismo de la fuerza de trabajo como valor mercantil, la estrategia de invisibilizarse de los dirigentes del pueblo cubano y la lectura del avunculado en los tres registros

                                                               “La Invisibilidad Gestionaria”

Mientras subsista el problema de la invisibilidad como prerrogativa y atribución extraordinaria de los dirigentes políticos para escamotear su figura y su presencia del poder de reclamación del pueblo, habrá fetichismo de la mercancía “fuerza de trabajo”; y habrá, como es natural, hombres pusilánimes vendidos al trabajo celestino de su importancia ficticia.

Pero el fenómeno de la invisibilidad de los dirigentes máximos del pueblo, de los que tienen en sus manos sus destinos, nace en una perniciosa estructura familiar, y es en el fracaso del avunculado como función hermenéutica de la madre, en la cual este tío materno ha sido frustrado en su necesidad de ser pensado por la sociedad bajo la lógica de los tres registros: simbólico, imaginario y real. Nadie sospecha la importancia que este pilar principal de la familia tiene en la conjura de ese juego político perverso que es la invisibilidad, pues si la sociedad fuera inducida a leerlo en los tres registros susodichos, guiada por la élite de sus pensadores, fuera capaz de motivar en ellos una vergüenza por asumir como valioso ese valor vacío en la cadena significante de una estructura tan importante como es el parentesco.

El deber de toda sociedad progresista es luchar contra el carácter místico del valor de cambio de la mercancía fuerza de trabajo, que deja fuera el valor útil abstracto de ella, pues el valor de uso no se vincula naturalmente a algo útil, y ese útil está en el deber de rescatar el valor de la totalidad de la persona, porque de no hacerlo, ese mercado laboral crea líderes que no actúan a favor de los intereses colectivos, sino todo lo contrario, posibilita la proliferación de personas que miran a los demás instalados en la matriz de un avunculado simbólico, enemigos raigales de hombres así como el General Ochoa, de quien es proverbial la especie de que se paseaba por el polígono de su Unidad Militar, atendiendo directamente a los reclutas a quienes permitía dirigirse a él sin conducto reglamentario, en cuya moral no se le prohíbe al significante pivotear, como el capital, en un tipo u otro de valor de uso, en el campo de batalla ideológico de una sociedad que se había propuesto barrer su suciedad del ámbito político. “En toda representación simbólica hay un quid pro quo. Es más—nos dice Ricardo Abduca—en ese “tomar una cosa por otra”, se revelan las formas sociales de la sustitución”[ “El Significante como categoría económica.” (Por un concepto lingüístico del valor de uso), en Cuadernos de Antropología Social num. 49, 2019, Universidad de Río Negro, Argentina ]

Aunque no fue Marx prototipo de rectitud moral, ni mucho menos, pues su sistema de pensamiento materialista, de entrada estaba reñido con la base de la filosofía que es el amor desinteresado a la verdad; sí tenemos que reconocer que hizo grandes aportes dentro de la economía política, al concepto de “fetichismo de la mercancía” para beneficio de la humanidad. En aras de ser breve, condensemos en un ejemplo una muestra esencial de su pensamiento: “En cuanto valor de uso, nada misterioso se oculta en la mercancía” Está clarísimo que aquí Marx plantea que la forma equivalente del valor como forma natural de la mercancía se convierte en un quid pro quo, y es por tanto una forma fetichista del valor, que no obstante pasó a ser la principal arma contra los trabajadores que enarboló una nueva clase de patrones que abrazaron solo los principios negativos de su doctrina. Siguiendo esa lógica, cualquier sentido que pueda soportar un cuerpo como valor de uso, no sería prohibitivo para el campo de acción de una persona formada por el principio marxista de la desconfianza de tomar una cosa por otra, máxime cuando nuestros adelantados estudios lingüísticos ya nos han asegurado que el significante lingüístico tiene relación con el principio de escasez en sentido general, porque ella puede generarse, arrebatándonos las cosas, a partir de confusión adrede de la imagen acústica del nombre de una cosa, con esa misma cosa, que es sin embargo, un concepto, que en tanto representado por el signo, no tiene ningún lazo natural con respecto a la realidad.

Para que una sociedad como la nuestra, tomando por base el hecho de que el valor de uso designa un cuerpo, y no una propiedad o una función, se de el lujo de ultrajar, en un gran sentido, ese soporte de significación que es la parte presente de una relación social, en este caso, de la compra-venta de la mercancía fuerza de trabajo, había que botar en el basurero de la historia la parte ausente del signo mercantil; era preciso dejar en la nada el lugar del valor vacío en la cadena significante, y para ese designio no se halló nada más ideal que perpetrar la función del avunculado a partir de cuya deficiente, o lábil constitución se fragua la selección humana del material que mejor expresa el símbolo, para poder luego, desde una perspectiva de poder, con mayor facilidad desvincularse de él, porque bajo esa condición las cosas se vuelven convenientemente suprasensibles; esto es, se pueden desgajar sin dolor de la comunidad, para darle paso a las formas mercantiles de pensar lo social.

El objeto, que en esta relación de parentesco es el tío materno, asume funciones formales que se distinguen de su más propia actuación en la familia, cuando dentro de la política de esta no existe mas que como soporte del valor de pertenencia al capital afectivo de ella, que para granjearse debe pasar por llenar solo las necesidades que exige meramente el intercambio de afecto, con exclusión de toda otra necesidad inmediata. He ahí el registro imaginario como expresión de utilidad de forma pobre, unilateral y cuantitativa. Por eso es que en el ulterior desarrollo psicológico de estos entes así tratados, se llevan tan bien con la investidura simbólica del valor de uso de todo aquel que venda su fuerza de trabajo, porque bajo esta condición se obvia la necesidad y utilidad real que puede prestar el ciudadano a la sociedad, “que no está en el valor de uso, está en aquello que el valor de uso como significante señala. Señal que sólo existe como tal si algún sujeto la lee y la hace propia.” [Ricardo Abduca: Trabajo citado, sin numeración de páginas] Desgraciadamente, el que la hace propia es aquella creencia en la cual era factible pensar que esos dirigentes por mucho que se viera que trabajan para ellos mismos, sin tener ningún concepto devocional por la patria, era para el pueblo en quien se volcaba su sacrificio. Tan convencidos están de que el pueblo recepciona normalmente ese “quid pro quo”, que este citado profesor argentino, en un esfuerzo por explicar lo inexplicable, dice: “Tomar en cuenta la materialidad del significante quiere decir que una mirada simbólica de la vida social, no tiene por qué estar reñida con el análisis materialista”. Sin embargo, interiormente, sí está reñida porque estos mezquinos compradores de fuerza de trabajo, cuentan con la realidad de esa sustitución fantástica en la mente del pueblo, a pesar de que miran como imposibilidad la sustitución de un valor de uso que no está avalado en el cuerpo por propiedades que se pueden verificar sensorialmente, aunque sea esto una posición más realista.

En efecto: las hay peores que Patricia Bullrich, la Ex-Jefa de Seguridad Nacional del Gobierno de Chile en 2017

Pero, ¿por qué en el tío materno recae esa avanzada o retroceso de la familia? Porque no podemos penetrar en el Yo culpable del hombre sino a través de sus actos concretos, y la única persona que con más probabilidad puede reclamar la exigencia de integración de este con su medio más primario es aquel que presuntamente tiene mayor acceso y reputación en la familia, y por tanto, es casi el único con autoridad para requerir la simple causalidad del Yo, y hacerla remontar por encima de sus actos al Yo primordial. Cuando este miembro de la familia no puede hacer esto, estamos en presencia de una lábil constitución familiar. Y como dice P. Ricoeur, “el concepto de labilidad dio ocasión a una investigación más amplia sobre las estructuras de la realidad humana” [“Finitud y Culpabilidad” p. 5 ] Ello alumbra la evidencia de que las relaciones entre la problemática del mal y el Poder, pasa por ese no-ser específico que es un tipo muy particular de avunculado, aquel que decrepita el nudo de la familia.

A partir de esa conciencia de culpabilidad, nace una conciencia oscura de no ser que desarrolla en el período formativo del hombre un haz pulsional de participación a la inversa, que vuelve ludibrio la queja que no puede, por sí misma, indicar la gravedad que representa para la conciencia de los educandos un agravio al propio educador. Por ello en adelante, la negligencia en cualquier tarea de ordenamiento social no angustia, ni puede quitar el sueño a ese hombre el deplorable nivel de atención a los necesitados, inclusive, cuando a sabiendas participen en esa explotación, ya que ni siquiera esa naturaleza va a precisar del autoengaño para tranquilizar su conciencia, pues esa tranquilidad nunca la necesitó para llenar los vacíos que demandaba su vida familiar. ¿De dónde entonces sacar motivos de interés real en hechos de la vida comunal? Esa motivación no existe porque dicha vida ya está restringida a trajines de proyección inmediata de satisfacciones personales de carácter expedito, como han sido siempre, que además están amparados socialmente porque ya se convirtió en ley esa irresponsabilidad.

Pospongamos, por el momento, a Platón y a sus libros “El Banquete”, y el “Fedro”, que tratan de los mitos de finitud y de culpabilidad, respectivamente; y hablemos de Pascal, uno de los hombres que mejor comprendió el esquema propiamente existencial de la desproporción entre la razón y la sensibilidad del hombre, porque cuando nos exhorta “a que conozcamos el ámbito de nuestro ser”, nos dice que “para explicar nuestra distracción, hay que recurrir a una cierta aversión por la verdad, la cual tiene raíces naturales en nuestro corazón, y que no por ello deja de ser una artimaña muy calculada, una técnica ilusoria, una maniobra preventiva frente a esa desdicha de desdichas que sería verse miserable” [citado por Paul Ricoeur, 1913- 2005, en “Finitud y Culpabilidad”, p. 20] Ese hilo fue retomado por el filósofo de Valence, quien aplicando una hermenéutica a la simbólica del mal, construye un puente a partir del símbolo en que ni la misma filosofía política—como él dice—se queda al margen de sus preocupaciones, cuando a continuación de aquel antecesor suyo agrega: “Esa táctica que Pascal denomina “instinto secreto”, entraña pues un sentimiento natural de la condición miserable del hombre”[ Finitud y C., p 21 ]

Nosotros también, a nuestra guisa, hubimos de reinterpretar sus grandes líneas cogitativas para dilucidar la naturaleza de ese intermediario, y su punto de inserción en la realidad humana, aquella en que se va saturando de sentido ese término extremo del simbolismo espacial de los dos infinitos pascalianos que es lo infinitamente pequeño, también llamado “nada”, porque es la que más y mejor “celebra esa apercepción marginal que surge con la mediación del cuerpo que me descubre el mundo que se ofrece a la reciprocidad de las conciencia, ” y es más proclive a recibir la influencia de ese ser viviente próximo que le enseña las ventajas que emanan de “todas las cosas que están montadas sobre la primera piedra de lo percibido, al ser predicados estéticos y morales de la cosa adicionales a su aparición” ¡Cuántos sentidos temporales, causales y teleológicos hay que transgredir para llegar a admitir que mi mediación corporal no manifiesta en primer término mi finitud, sino su abertura al mundo, en otras palabras—siguiendo a Ricoeur--, “que el mundo no es, en primera instancia el límite de mi existencia, sino su correlato, desde que estoy implicado como elemento activo en la instrumentalidad del mundo”![ P.R. :Ob.Cit. p 22 ]

¿No son hermanos en la finitud del recibir, según Ricoeur, todos los seres amorales, indeseables, intratables, incluso inconvidables? ¿No se refiere esa hermandad a la limitación perspectivista de la percepción en el valor de uso de la mercancía fuerza de trabajo de la que hablé al principio, y para no dejarme sorprender en esa finitud, practico la invisibilidad de los altos cargos porque ese es el aspecto del aparecer remite a mi punto de vista sobre la mercancía.?

“Así se ve en qué sentido puede decirse con verdad que la finitud del hombre consiste en recibir sus objetos en el sentido de que pertenece a la esencia de la percepción el ser inadecuada”.[P. R.:Ob.Cit. p. 23 ]

En efecto: las hay peores que Patricia Bullrich, que no le sonreía nunca a los de abajo, la ex–Jefa de Seguridad Nacional de Chile en 2017, que ordenaba perseguir y matar a los marginados que hacían uso de su libertad, y son aquellas o aquellos que mantienen en condición inservible los más altos auxilios intelectuales de que puede disponer hoy la Patria, pues impiden la constitución ética de la persona como deseo de una vida realizada con-y-para-los otros en instituciones justas, y que desde posiciones no siempre visibles esconden su indecencia política de no dejarse interpelar por el otro, y todo tras sonrisas apetecibles, que se traducen, no obstante, en lenguaje sintomático.

El deber de toda sociedad progresista es luchar contra el carácter místico del valor de cambio de la mercancía fuerza de trabajo

Raúl Morín Suárez, 16 Enero 2021, 7:06 P.M

 

 

 

 

 


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