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Instrumento Sicalíptico

17/06/2016 13:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Hoy hace exactamente un año de aquella rara tarde. Recuerdo que llegué a mi cuarto y dejé mi cuerpo caer cómodamente sobre el viejo sillón. Ese había sido un día común y corriente en el trabajo. Sin embargo, me sentía un poco cansado por lo que decidí hacer a un lado la diaria discusión con mi esposa sobre qué íbamos a cenar. Desde el mueble, miré hacia la ventana que da a la calle, luego hacia la que da al jardín trasero. Salvo una lagartija escondida en el tronco del árbol de mango no había nada de interés. La casi concluida tarde era una más del otoño, un fresco viento cruzaba del mar hacia las montañas.

De repente, sin pensarlo, me levanté y avancé hacia el aparato estereofónico. Aún recuerdo esa tarde, cada instante, cada detalle. De la repisa tomé uno de mis discos preferidos y me dispuse a escucharlo. De reojo miré varios libros que estaban junto a los discos, obras de Aristóteles, de Platón y de otros autores: La República, La Política y varios más. Coloqué el brillante disco en el aparato, nivelé el volumen al punto en que más disfruto ese tipo de música y regresé al sillón. Estuve tentado a servirme una copa de whiskey mas algo dentro de mí lo impidió.

No me había puesto cómodo sobre el enser cuando comencé a disfrutar el sonido de la flauta ¡Ah, qué placer escuchar ese disco de Jean Pierre Rampal y Alexandre Lagoya! Con cada nota, cada segundo que pasaba, empecé a olvidarme del trabajo, del cansancio, aun de la cena. Al cabo de diez minutos mi cerebro empezó a perder contacto con mi entorno. Mi mente parecía sustraerse de la realidad ¿Sería ese disco el que obraba en mí de esa manera? Me imaginaba ver los labios de Rampal tocar, besar la flauta, casi podía ver el aire salir de su boca y fluir en el instrumento. También podía ver los dedos del músico moverse incansable, majestuosamente sobre la flauta, haciendo emanar de ella las notas más maravillosas que me parecen celestiales.

Sin embargo, algo hizo que me apartara de los movimientos de Jean Pierre y clavara mis ojos en la pared izquierda del cuarto. Ahí, sostenido por dos simples clavos oxidados, aún se encuentra un duplicado perfecto de un fresco de Rafael. Llegó a mí, hace ya veintitrés años, de una manera que jamás habría pensado. Un buen día, excelente día, tocó el timbre de la casa de mis padres un pordiosero; en ese entonces yo era soltero y vivía en casa de ellos. Estaba yo solo, así que tuve que abrir la puerta y lo primero que vi fue el mencionado cuadro, tras él el mendigo me dijo que me lo vendía por una simple comida, por tan sólo un taco. En cuanto vi la reproducción, su calidad, quedé prendido de ella. Jamás he sido experto en arte o pintura, pero ese cuadro me cautivó en cuanto lo vi. Yo no atinaba a qué dar de comer a aquel pobre hombre para así poder quedarme con su oferta. Lo hice pasar a la sala y le ordené quedarse ahí. Había llegado en el momento menos apropiado, hora y media después del desayuno. Busqué en la estufa sólo para encontrar que no había nada de comida en ella. Hurgué en el refrigerador y encontré sólo lo necesario para preparar un par de sándwiches. Así se lo hice saber. El vagabundo me reiteró su propuesta inicial y me urgió para que se los preparara. Los hice rápidamente y además le di un refresco embotellado. Era tanta su hambre que se los comió en menos de tres minutos, luego, con calma, se bebió lo que le quedaba de la soda. Ya medio satisfecha su hambre, sin pretexto ni petición extra, me entregó el cuadro. Era una reproducción holandesa de una obra de Rafael que al calce en letras góticas dice: The School of Athens . Apenas el hombre cruzó la puerta tomé la reproducción en mis manos. Tardé más de dos horas antes de dejar de verlo, de admirarlo. Aún de vez en cuando me produce tal efecto.

Aquella tarde de hace un año, en mi cuarto yo escuchaba la flauta de Jean Pierre Rampal a la vez que miraba el cuadro aquel que había llegado a mí años atrás. Música, libros y dicha pintura me hicieron recordar la aversión que el más célebre de los estagiritas y su compañero sentían por la flauta. Su argumento me pareció risible.

El aparato tocó la última pieza del disco, lo que me hizo reprogramarlo para escuchar de nuevo esa música tan maravillosa, lo reprogramé para que tocara esa música sin parar en tanto no lo detuviera alguien. Salí del cuarto, bajé las escaleras, fui a la cocina, avancé hacia el refrigerador, lo abrí y me serví un vaso de agua natural. Lo bebí y me serví uno más que llevé hasta mi cuarto sin que nadie me viera. Abrí la puerta y llegó a mí esa música de viento extraordinaria. Una vez más ocupé el sillón, el mullido sillón. Puse mi atención en las notas de Rampal y no permití que nada ni nadie me privara de ese placer. Muy pronto ese ambiente comenzó a surtir un raro efecto sobre mí.

Ahí estaban los dedos del músico francés en la flauta, sus labios, el viento fluyendo en el instrumento musical, produciendo esos sonidos que parecían estremecer mi alma. No sé cuánto tiempo pasé así, arrobado por la música, por el músico. Escuchaba yo las notas, estaba atrapado en ellas cuando vi, observé el cuadro de Rafael. Me pareció escuchar a Platón y a Aristóteles. Me pregunté sobre qué tema estarían dialogando. ¿Estarían dilucidando sobre el origen del hombre y su destino o platicaban sobre el papel, la herencia de su Nación al mundo? Quizá simplemente platicaban sobre la música, puntualizaban la importancia de ésta en la educación.

De repente yo estaba dentro de aquel cuadro de Rafael. Me acerqué a ellos. Ellos no me vieron ni me sintieron, pero yo estaba ahí a un lado de los dos pensadores. No me había equivocado en mi presentimiento, dialogaban sobre la música, acerca de su importancia en la educación, sobre su papel en el desarrollo del individuo, de la sociedad. Pude entender todas y cada una de sus palabras. Estaban tan absortos en su tema, y yo tan maravillado de estar a su lado, que ninguno de los tres escuchamos las palabras que un alumno les dirigió. Sin embargo, Aristóteles le brindó un cortés saludo que disipó cualquier resabio. Avanzamos un par de metros más, descendimos un escalón. Allí, tendido, con llanto en sus mejillas y desesperación reflejada en su cara, un pupilo les imploró un consejo. Platón se agachó hasta tener su rostro a milímetros de distancia. Bastaron unas cuantas palabras, una parábola que le dirigió para que aquel hombre cambiara su pesar por una gran esperanza que se asomó a su rostro.

El parlamento sobre la música seguía; inagotable el tema, sin límites las palabras que dejaban fluir ambos filósofos, infinita su capacidad. Pero volteé a mirar alrededor. Había más de una veintena de hombres de diversas edades. Yo podía verlos a todos, pero ellos jamás advirtieron mi presencia. Todos dialogaban, exponían, proponían, concluían, sentenciaban. El conocimiento parecía flotar dentro de esas paredes, parecía emanar de las cabezas, de las bocas de aquellos hombres.

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Por fin Aristóteles, Platón y yo atravesamos el último arco antes de salir a los jardines. Repuesto un poco de mi arrobamiento puse un poco de atención a las palabras de ambos pensadores. Proseguían con el tema de la música, mas ahora hablaban de un instrumento: la flauta

- Ambos sabemos que aunque la música es esencial para una buena educación, es imperativo dejar atrás la flauta ?dijo Platón.

- Claro, se debe prohibir su uso ?Aristóteles le respaldó. Es un instrumento que sólo sirve para incitar a actividades insanas.

Por fin llegamos al jardín y ellos cómodamente se sentaron en un banquillo colocado al pie de un árbol frondosísimo. Yo quedé de pie escuchándolos. Atrás de ellos había unos cuantos arbustos de donde salía los ruidos y voces que hacían dos personas. Miré hacia aquel rincón y sólo pude ver dos siluetas recostadas en el pasto.

- Como si fuera una flauta ?escuchamos ambos personajes históricos y yo, un simple mortal.

Continuó la risa de la pareja integrada por un hombre y una mujer, muy jóvenes. Esto molestó a los pensadores quienes se vieron obligados a callar por un momento. Yo hice lo mismo que ellos, incluso sentí su mismo malestar.

- Como si fuera una flauta ?escuchamos al hombre que le decía a la mujer. Haz tu mejor melodía. Una gran expectación se creó en los tres hombres que permanecíamos en silencio. Creímos que eran pupilos del liceo y que en un instante escucharíamos el sonido de algún instrumento de viento. Mas la espera fue en vano.

Sin embargo, escuchábamos los gemidos del joven, podíamos sentir su placer. Por ello, uno de aquellos grandes hombres se sintió tocado por la curiosidad, con cuidado y en silencio hizo a un lado las ramas de los arbustos que ocultaban a la pareja con el fin de investigar qué es lo que hacían tan en secreto. Desnudos por completo, el hombre permanecía acostado, con la mirada que parecía perderse en el firmamento. La mente de la mujer tampoco parecía estar ahí. Con el brazo derecho apoyándose en el pasto y la mano izquierda sosteniendo la base del miembro masculino, ella felizmente irrumaba el vigoroso, venoso pene erecto del muchacho.

No obstante, ni los filósofos ni yo estábamos en ese instante para ese tipo de escena por lo que, sin molestarlo, decidimos abandonar aquel sombreado lugar. No habíamos avanzado ni dos metros cuando de nuevo escuchamos la voz del joven que, gozoso, le aseveró a su pareja:

- Eres la mejor flautista del mundo.

Y ambos comenzaron a reír.

- Te lo repito, la flauta es un instrumento insano ?al unísono se confirmaron ambos personajes.

Hasta hoy no he podido recordar cómo llegué hasta mi cama, pero al día siguiente me levanté rejuvenecido. Nunca he platicado a nadie mi vivencia de aquel día, me da miedo pensar cómo lo tomarían. Pero a menudo escucho ese disco de Jean Pierre Rampal y Lagoya, veo el cuadro que me costó dos sándwiches, luego observo aquellos libros y con vehemencia deseo que se repita lo sucedido esa tarde.


Sobre esta noticia

Autor:
Antonio Lerma Garay (105 noticias)
Fuente:
antoniolermagaray.blogspot.mx
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