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Las Imbecilidades De Pedro SÁnchez

18/02/2018 06:10 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Los políticos que padecemos en España se parecen mucho a Capaneo, aquel guerrero bravucón que encontramos en la mitología de la antigua Grecia. Este personaje destacaba precisamente, entre los valerosos luchadores de aquella época, por su fortaleza, por su valentía y, sobre todo, por su gran fanfarronería. Cuando Adrasto, rey de Argos, decide asaltar la fortaleza de Tebas, pone a su sobrino Capaneo al frente de una de las siete alas de su ejército. Nada más llegar el ejército a los pies de la muralla de Tebas, Capaneo se situó ante la puerta Electra y, sin consideración alguna, retó a los sitiados, mostrándoles su escudo en el que aparecía un hombre desnudo con una antorcha encendida y una leyenda sumamente provocativa que decía: "Voy a quemar la ciudad" . Y adoptando un tono claramente desafiante, continuó soltando encendidas bravatas, proclamando a los cuatro vientos que destruiría la ciudad aunque estuviera defendida por el mismísimo Zeus y por los demás dioses del Olimpo. Nuestros políticos, es verdad, no compiten con Capaneo ni en fortaleza ni en valentía, pero sí rivalizan con él en arrogancia y en bravuconería. Y cuando tienen un micrófono en sus manos o están delante de una cámara de televisión, pierden los estribos, y aparece inmediatamente su inaguantable verborrea y su incontinencia verbal. Y como no conocen el sentido del ridículo, cuando menos lo esperas, se despachan a gusto y comienzan a soltar su rosario particular de imbecilidades. Pero no por eso, pierden la compostura y se quedan más anchos que si acabaran de descubrir el Mediterráneo. Y entre toda esa tropa de políticos, aquejados lamentablemente de esa perniciosa logorrea, destaca precisamente Pedro Sánchez, el actual secretario general de los socialistas. Por supuesto que es un líder que no da la talla y que le queda excesivamente grande la Secretaría General del PSOE. Pero, cuando se ve rodeado de cámaras de televisión, su petulancia no tiene límites y se pavonea como el legendario Capaneo ante las murallas de Tebas. Y para mostrarnos su aparente grandeza, intentará, eso sí, disimular sus enormes carencias, acelerando y atropellando su discurso y, sobre todo, elevando desmesuradamente el tono de voz. Y como es incapaz de refrenar su lengua, cuando comienza a vender sus aparentes e ilusorias aportaciones sociales y las de su partido, se asemeja más a un charlatán de feria que a otra cosa. Y en sus desafortunadas peroratas, repetirá una y otra vez que los españoles y, de manera muy especial los trabajadores, pudieron mejorar sustancialmente su situación personal gracias a la intervención directa del PSOE. No olvidemos que, según Pedro Sánchez, ¡hay que tener cara!, todo esto se lo debemos a los socialistas, porque pusieron en marcha la clase media española y crearon también el Estado de Bienestar que disfrutamos.

En tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero, según el actual líder socialista, las circunstancias eran especialmente adversas por culpa de la crisis económica. Y a pesar de esos inconvenientes, crecieron notablemente los salarios y, por lo tanto, se recaudaba mucho dinero con las cotizaciones sociales. Y esto, claro está, originaba un superávit que servía para acrecentar el Fondo de Reserva de la Seguridad Social, garantizando así, el sistema de pensiones. El problema para las pensiones, según afirma Pedro Sánchez, vendría después con el Partido Popular, porque, con su reforma laboral, aumentaron los despidos y disminuyeron considerablemente los salarios. Y esto se traduce lógicamente en una caída significativa de lo recaudado con las cotizaciones sociales. Y al no alcanzar el dinero para cumplir satisfactoriamente con los jubilados, recurrieron sin más a la famosa 'hucha' de las pensiones, dejándola prácticamente esquilmada. Y aquí caben dos posibilidades. O Pedro Sánchez está muy mal informado, o su sectarismo no le deja interpretar correctamente los datos estadísticos suministrados por Eurostat. Utilizando números redondos, el salario medio, en tiempos de Zapatero, pasó de los 1, 300 €/mes a 1.600 €, lo que representa una subida aproximada del 24%. Entre 2004 y 2007, el salario medio permaneció prácticamente estable. Ese crecimiento se produjo paradójicamente entre 2008 y 2010, en plena crisis económica. Pero esto no mejoró, en absoluto, el poder adquisitivo de los trabajadores, ya que la inflación subió también un 24% en ese mismo período. Es verdad que, en tiempo de Rodríguez Zapatero, se crearon muchos puestos de trabajo. Pero eran puestos de trabajo totalmente artificiales, que se financiaban malgastando cantidades ingentes de dinero público o acudiendo a la deuda pública, provocando así una disminución considerable de la productividad media. Y al desplomarse la productividad, aparece indefectiblemente la inflación, ya que aumentan los costes de producción y, para compensar ese encarecimiento, se acrecienta el precio de los productos y se aumenta también la deuda. Con la llegada de la recesión económica, disminuyó notablemente el consumo y, en consecuencia, las empresas perdieron buena parte de su capacidad económica. Durante la segunda legislatura de Zapatero, la situación llegó a ser tan crítica, que las empresas, para evitar el cierre definitivo y seguir subsistiendo, comienzan amortizar puestos de trabajo. Los trabajadores despedidos de aquella eran temporales o estaban muy poco cualificados y, por lo tanto, no cobraban demasiado. Y al desaparecer de las estadísticas los sueldos más bajos, tiene que producirse necesariamente la cacareada subida del salario medio Aunque las dificultades económicas eran cada vez mayores, Rodríguez Zapatero mantuvo su desafío a la realidad, y continuó acumulando desequilibrios y abusando peligrosamente de la deuda, gastando bastante más de lo que ingresaba. Y como era previsible, esto dio lugar a que la crisis económica se desmadrara y, al adquirir unas proporciones dantescas, terminara estallando, llevándose por delante cantidades ingentes de puestos de trabajo. Y el máximo dirigente del PSOE, claro está, saca pecho y atribuye falazmente toda esa destrucción brutal de empleo a la denostada reforma laboral del Partido Popular. La reforma laboral, aprobada por el Gobierno de Mariano Rajoy en febrero de 2012, mal que le pese a Pedro Sánchez, no destruyó empleo. Sirvió para frenar primero y revertir después la destrucción de empleo. Desde 2008 hasta 2012, la Seguridad Social perdió, ahí es nada, 2, 4 millones de cotizantes. Y sin embargo, en 2017, gracias a esa reforma laboral, ya habíamos vuelto a recuperar más de 1, 6 millones de cotizantes. El actual líder socialista, es tan sumamente orgulloso y petulante, que se cree más capacitado que nadie para hacer frente a los problemas que tradicionalmente afectan a los españoles. Las pensiones, por ejemplo, las solucionaría en un abrir y cerrar de ojos, subiendo simplemente los salarios y aumentando los impuestos. Pero no es tan sencillo como parece, ya que, haciendo eso, volveríamos a reeditar los errores de Zapatero y daríamos pábulo nuevamente a otra crisis económica. Para poner fin a lo que el mismo Sánchez llamó "una situación de emergencia", y acabar de una vez con el déficit del sistema de pensiones, hace falta algo más que una simple subida de los impuestos y un aumento generoso de los salarios. Para empezar, tendrían que crecer armónicamente tanto el empleo como los salarios. Y eso no es posible si no mejora previamente, y de manera notable, la productividad. Pero esto es algo que se le escapa a un personaje tan altivo y tan pagado de sí mismo como Pedro Sánchez. Y hay algo que es incuestionable: además de un desempleo excesivo, tenemos una productividad sumamente baja. A pesar de todo, el secretario general del PSOE sigue en sus trece. Es más terco y testarudo que el conde Lozano que encontramos en Las mocedades del Cid . Y como está firmemente decidido a defendella y no enmemdalla , quiere imponer dos nuevos impuestos a la banca: uno a las transacciones financieras y otro de carácter totalmente extraordinario. Con estos gravámenes, según dicen sus correveidiles más cercanos, se recaudarían unos 2.000 millones de euros, que se destinarían a sufragar hasta un 13% del déficit de las pensiones. Según Pedro Sánchez, los españoles aportaron 77.000 millones de euros para rescatar el sistema bancario durante la pasada crisis financiera. Y por lo tanto, es absolutamente justo que los bancos contribuyan ahora a salvar el sistema de pensiones, que corre el riesgo de quebrar en un futuro no demasiado lejano. El dirigente socialista generaliza demasiado y mete en el mismo saco a los bancos y a las cajas de ahorro. Y los bancos, que yo sepa, nunca fueron rescatados con dinero público. Se rescataron, eso sí, las cajas de ahorro para proteger a sus impositores. Los bancos son entidades privadas que, en general, cotizan en bolsa y pertenecen a sus accionistas. Y cuando un banco va mal, suele ser absorbido por otro banco. Y antes de 1985, las cajas de ahorro no tenían accionistas y eran gestionadas directamente por sus entidades fundadoras. Tenían la misión de proteger el ahorro de los más humildes y, por qué no, facilitarles créditos asequibles. Y con los beneficios obtenidos, además de mantener una reserva suficiente, realizaban una obra social inmensa, destinando dinero a becas, a hospitales, a residencias de ancianos, y a otras muchas actividades típicamente sociales. Con la llegada de Felipe González a la Moncloa en diciembre de 1982, comenzó la supuesta modernización y democratización de las cajas de ahorro, que representaban prácticamente la mitad del sistema financiero español. Fue en 1985 cuando los socialistas, valiéndose del rodillo de la mayoría que le daban sus 202 diputados, aprobó una de sus más nefastas leyes: la Ley de Órganos Rectores de las Cajas de Ahorro . Y Pedro Sánchez, que yo sepa, aún no ha reivindicado este hecho para el PSOE. Conociendo a los políticos que padecemos, sabíamos perfectamente que, con esa presumida mejora de las cajas de ahorro, intentaban apoderarse de ellas para convertirlas en sus bancos privados. Y ahí están los hechos. A partir de ese momento, los partidos políticos y los sindicatos mayoritarios utilizaron las cajas de ahorro como si fueran su predio o cortijo particular, entrando a saco en sus Asambleas Generales y en sus Consejos de Administración. Y como no podía ser de otra manera, ahí comenzó el hundimiento de esas entidades benéficas, con el consiguiente quebranto de toda su gigantesca obra social. Entre los primeros partidos que se apropiaron de dichas cajas estaban, cómo no, el PSOE, el PNV y, por supuesto, CIU. El Partido Popular se incorporaría a semejante desaguisado algo más tarde, en plena década de los 90, que fue cuando realmente consiguió cierto poder local. Con su aterrizaje en las cajas de ahorro, los burócratas designados a dedo por los partidos comenzaron rápidamente a desplazar a los gestores profesionales, que habían logrado hacer de esas fundaciones unas instituciones francamente modélicas, y que ayudaron a salir adelante a tantos españoles. En el año 2009, por ejemplo, algo más de un 34% de los miembros de las asambleas y consejos de las Cajas de ahorro, procedían de los partidos políticos. El mismo Pedro Sánchez ?y esto no lo cacarea- se benefició de esos nombramientos políticos y ocupó una de esas plazas en la asamblea de Caja Madrid. Nada más sentar sus reales, los consejeros elegidos por los políticos tardan muy poco en fijarse unos sueldos claramente escandalosos y unas pensiones verdaderamente astronómicas. Y para conseguir esa supuesta 'gestión eficaz', vinculan las cajas de ahorro con la famosa burbuja inmobiliaria y, siguiendo instrucciones precisas de los partidos políticos, comienzan a financiar proyectos auténticamente ruinosos, entre los que destacan el aeropuerto fantasma de Ciudad Real, Terra Mítica de Alicante y el Centro Cultural Oscar Niemeyer de Avilés. Redondearon la faena, faltaría más, concediendo cantidad de préstamos millonarios a los partidos, a los amigos de estos y a sus testaferros, condonando después muchos de ellos. Y como estos nuevos 'órganos democratizados' comenzaron a mezclar a partes iguales buenas dosis de corrupción e incompetencia, llegó, claro está, lo que tenía que llegar: la descapitalización de esas entidades financieras y hasta la quiebra de muchas de ellas. Y una de dos: o se rescataban las cajas de ahorro, con esa inyección extraordinaria de 77.000 millones de euros de dinero público, o se perjudicaba gravemente a una cantidad enorme de ahorradores modestos. Y mal que le pese al engreído Pedro Sánchez, los responsables de ese desastre económico, que yo sepa, no fueron los banqueros. Los culpables de semejante atropello fueron los políticos. Así que, dando por bueno el razonamiento del líder socialista, tienen que ser los políticos, y no los banqueros, los que deben colaborar económicamente para salvar, de una vez por todas, el actual sistema de pensiones.

Gijón, 13 de febrero de 2018

José Luis Valladares Fernández


Sobre esta noticia

Autor:
Valla (105 noticias)
Fuente:
joseluisvalladares.blogspot.com
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Reportaje
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