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Las dos Cubas 1ra parte..

22/06/2009 10:49 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La conciencia de un privilegio incómodo fue inevitable hace unos días, mientras compartíamos con un grupo de académicos europeos la excelente cerveza cruda..

Por: Billy Espinosa

Dispensada por un sofisticado y estilizado envase de vidrio, y disfrutábamos de la noche cálida del Caribe, en la Plaza Vieja, cuidadosamente restaurada, de La Habana colonial. El lugar recuerda a Sevilla, o a alguno de esos preservados espacios cuadrados de calles empedradas, rodeados de antiguos edificios, las plazas europeas, donde los turistas pasean, comen, beben, conversan y miran. De regreso por calles que bajo la luz mortecina tienen un misterioso atractivo, entramos al Floridita y salimos quejosos por el ambiente ajetreado y por el daiquiri con sabor a limonada y precio inflado para turistas.

Disfrutamos cada mañana el desayuno buffet cuya abundancia y calidad invita a los excesos, el hotel manejado por Sofitel de Francia, el Sevilla, en La Habana vieja, es de primera, encantador con sus cien años de existencia, renovado, con todos los servicios, incluso Internet carísimo a 6 pesos convertibles la hora. Vamos al Hotel Nacional, elegante y señorial, de sólida y ecléctica arquitectura, con una vista maravillosa al mar, jardines impecables, en las terrazas mesas y enormes sillones de mimbre con mullidos cojines, ocupados por turistas que consumen costosas bebidas. El servicio de su restaurante, el Aguiar, es de refinada elegancia: la mantelería impecable, la hilera de 3 copas para cada tipo de bebida al frente de cada plato y la fila de cubiertos a los lados, los mesoneros profesionales, correctos, atentos al protocolo, elegantes en black tie, las lámparas de cristal, los enormes espejos, y la pianista que toca en el piano de cola crean una atmósfera de lujo. La comida y la bebida inmejorables. Varios restaurantes en La Habana acogen con esa clásica elegancia burguesa a los turistas que recorren la ciudad. Una tarde de calor bochornoso asistimos a un agasajo oficial en la Marina Hemingway. Es un exclusivo complejo residencial de lujo, con canales y casas espectaculares que rentan los acaudalados turistas extranjeros dueños de los lujosos yates amarrados a su frente, como en cualquier canal de Miami Beach. El acceso rigurosamente controlado.

En estos lugares se consume lo mejor, se disfruta todo lo bueno que puede comprar el peso cubano convertible (1 cuc = 0.80 $) que manejan los turistas. Allí no hay cubanos, excepto los trabajadores y uno que otro invitado. Es la Cuba del turista y de unos pocos privilegiados donde todo funciona bien y muy bien, hay abundancia, hay riqueza, y se puede ser feliz en esa Cuba exclusiva, donde cada centavo de cuc que se gasta es para el Estado, el dueño de todo y de todos.

Aconteser actual de una habana que forma parte de la cuba de dos caras..

Pero la mayor parte de esta reciente visita la pasamos, con una amiga, gastando suela por las calles de La Habana, la de los cubanos de a pie, la de la gente que anda a la caza del “rebusque”, la de los/as jóvenes jineteros/as que no discriminan edad y apariencia ante la vista de extranjeras/os que puedan regalarles un momento de disfrute del lujo reservado a los turistas. Admiramos el malecón de los tiempos de la ocupación americana, la monumental arquitectura, la imponente ciudad colonial, el refinamiento de la sacarocracia cubana visible en los majestuosos palacios con poderosas columnas, grandes escalinatas, bronce, cristal, vitrales, hermosas rejas de elaborada factura, maderas preciosas ornamentadas, el mármol de carrara por todas partes, en edificios públicos, en mansiones privadas, en paseos públicos, en monumentos, en grandes plazas.

La gran burguesía, creadora de esas fastuosas construcciones que completan en El Vedado y Miramar el paisaje urbano prerrevolucionario, fue tan poderosa que su antiguo esplendor se advierte pese a la ruina deplorable de su grandiosa arquitectura. Es agobiante ver los edificios

que resisten como restos de una guerra, sin ventanas, oscuros, con aguas de incierta procedencia corriendo libremente, con paredes descascaradas, escalinatas derruidas, muros agrietados, remendados, apuntalados. Estremece el ánimo ver la gente que habita en ellos, sentados en los umbrales, parados en las puertas, viendo el mundo pasar con mirada hostil o cansada, niños descalzos en la mugre. Pasamos días metiéndonos en donde la prudencia permitía y la curiosidad nos llamaba, sin impedimentos, viendo y hablando con gente sencilla, en encuentros casuales, haciendo preguntas simples que conducían muchas veces a largos, inesperados y dramáticos testimonios. Taxistas, caleseros, mesoneros, transeúntes, profesoras, vendedores, empleados, un jubilado, el cuidador de una escuela, un miembro seglar de la orden franciscana, una médico. Las quejas son unánimes y coincidentes y los juicios duros, desafiantes. Varios recuerdan que cuando la URSS los amparaba, comían completo y estaban mejor. Observamos desencanto, poca resignación, y rabia que alguno manifiesta con una palabrota. (Continuará)


Sobre esta noticia

Autor:
Billy Espinosa (20 noticias)
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Tipo:
Reportaje
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